¿Por qué tener muchos datos no garantiza mejores decisiones?
En muchas empresas, la analítica estratégica no se abandona de manera explícita. Simplemente se posterga. Se diluye bajo una idea que suena razonable y tranquilizadora: “ya tenemos sistema” o “ya tenemos todos los datos”. El razonamiento suele aparecer después de una inversión importante en tecnología. Por ejemplo, la empresa implementa un sistema de administración ERP, integra información, ordena procesos y gana visibilidad operativa, a veces reforzada con capas de “IA”. Con ese avance se llega también a una conclusión implícita: la tarea analítica está cubierta. Ahí comienza el problema. No porque el sistema falle, sino porque se le asigna un rol que no le corresponde. El ERP organiza la información; no la interpreta estratégicamente. Y cuando esta distinción se pierde, la analítica deja de ser una disciplina activa y se convierte en algo que “ya viene incluido”. El resultado no es desorden, sino algo más costoso y difícil de detectar: decisiones clave que se toman sin profundidad analítica, aunque estén respaldadas por datos. Un ejemplo común lo ilustra con claridad. Una empresa observa, a través de su sistema, que las ventas comienzan a desacelerarse. El dashboard muestra el fenómeno con precisión: caída en ciertas regiones, presión en algunos SKUs, aumento de inventario. La información está ahí, clara y actualizada. La pregunta clave es qué sucede después. En muchas empresas, la reacción es inmediata y casi automática: ajustes de precio generalizados, promociones tácticas o presión comercial para “recuperar volumen”. Son decisiones rápidas, operativas, tomadas bajo la lógica de apagar incendios. Lo que rara vez ocurre es un análisis más profundo: ¿la caída responde a sensibilidad de precio, a un cambio en el mix del portafolio, a una sustitución por parte del consumidor o a un movimiento de la competencia? ¿Conviene bajar precios en todos los productos o solo en algunos? ¿Qué impacto tendrá esa decisión en margen y rentabilidad a mediano plazo? Ningún ERP responde esas preguntas. Un dashboard tampoco. Cuando los datos ya no alcanzan Del reporte a la decisión Aquí es donde la ausencia de analítica estratégica se vuelve evidente. Sin modelos que integren mercado, comportamiento del comprador y escenarios económicos, la empresa actúa, pero no necesariamente decide bien. Confunde velocidad con claridad. La analítica estratégica cumple justamente esa función: convertir información en criterio. No se limita a describir lo que ocurrió, sino que ayuda a explicar por qué ocurre y qué conviene hacer después. Introduce disciplina en la toma de decisiones y reduce la dependencia de la intuición o de la urgencia operativa. Los beneficios de la analítica estratégica no son abstractos ni intangibles. Son, ante todo, financieros. Se reflejan en mejores márgenes, en una asignación más eficiente del capital, en decisiones de precio que dejan de erosionar rentabilidad y en portafolios que crecen con mayor disciplina. Cuando esta capacidad está presente, cambian las conversaciones internas. Las discusiones dejan de girar en torno a “qué estamos viendo” o “por qué nos pasó esto” y se mueven hacia “qué decisión genera mayor impacto”. Se evalúan escenarios antes de actuar, se cuantifican riesgos y se priorizan acciones con base en su efecto real sobre ventas, margen y participación. En este contexto, el ERP deja de ser un sustituto de la analítica y se convierte en lo que realmente es: una base operativa necesaria. Los datos operativos alimentan modelos más sofisticados que permiten entender el negocio en su entorno real, no solo desde adentro. Hoy, cuando la mayoría de las empresas ya está informatizada, la verdadera diferencia competitiva no está en quién tiene más datos, sino en quién se toma en serio la tarea analítica. En quién es capaz de traducir información en decisiones económicas consistentes. Tener datos no es tener estrategia El costo de no analizar a profundidad no aparece en un reporte específico. Se manifiesta en márgenes erosionados, oportunidades perdidas y decisiones que parecen razonables en el momento, pero que, con el tiempo, resultan difíciles de sostener. Pensar analíticamente no es un lujo ni un complemento. Es una capacidad central de gestión. Y en un entorno cada vez más complejo, es una de las pocas que realmente separa a las empresas que reaccionan de aquellas que dirigen. _____ Nota del editor: Iván Franco es fundador y director de la consultora de inteligencia competitiva Triplethree International. Síguelo en X como @IvanFranco555 y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión ]]>
Biomímesis sistémica, la naturaleza como modelo para la optimización industrial
El biólogo George Jackson Mivart, en su obra “The Groundwork of Science”, estableció: ”Las grandes transiciones evolutivas no cambian un solo órgano, sino todo un conjunto de características físicas”. Evidentemente, este postulado de la biología está íntimamente relacionado con el de la gradación de los caracteres, que a menudo se acompaña y describe un cambio de función, el cual habrá que aclarar que no necesariamente implica el desarrollo de un órgano nuevo, sino que describe la transformación de una nueva estructura orgánica. Mivart se preguntaba: “¿de qué serviría a una criatura desarrollar extremidades para caminar sobre la tierra si no tuviera pulmones para respirar el aire?”. A lo que Darwin, en su obra “El origen de las especies”, respondió: “En el caso de la invasión de los hábitats terrestres por los descendientes de los peces no originó un nuevo órgano, sino que modificó la función de un órgano que ya existía; por lo tanto, el cambio no implica el desarrollo de un órgano nuevo, ya que la transformación se hace evidente a través de un cambio de función”. Las nuevas tecnologías rara vez aportan valor por sí solas; deben ser «infundidas» en un sistema anfitrión o en una plataforma existente. La introducción de una nueva tecnología provoca una cascada de cambios en el sistema complejo, lo cual demanda el rediseño de funciones y componentes, así como de interfaces físicas y de alteraciones, ya sean en los flujos de energía, masa e información de los sistemas industriales. La innovación no solo depende de qué tan avanzada es una tecnología, sino también de cuándo y cómo se introduce en el mercado y de su alineación con las capacidades del usuario, la infraestructura y las expectativas existentes. El caso del Buick Riviera de 1986 lo ilustra con claridad, el Riviera incorporó una tecnología radical (pantalla táctil y control digital) sin que el ecosistema —usuarios, ergonomía, costos cognitivos, confiabilidad— estuviera preparado para absorberla. El resultado fue una innovación técnicamente brillante pero mal sincronizada. Buick apostó por un salto disruptivo en lugar de una secuencia incremental de aprendizaje, rompiendo con la idea de introducir cambios en ritmos predecibles que permitan la adaptación organizacional y del mercado. La pantalla reemplazó más de 80 controles físicos sin ofrecer ventajas funcionales inmediatas: era más lenta, distraía y aumentaba la fricción de uso, lo que confirma que una innovación puede destruir valor a corto plazo aun cuando sea correcta a largo plazo. Las grandes transformaciones industriales impulsadas por la tecnología no suceden por el cambio aislado de un solo componente, sino todo un conjunto de características técnicas, desde la ingeniería de sistemas complejos, esto se realiza a través de invasividad y la propagación del cambio. La evolución tecnológica tiende a resolver dualidades al fusionar funciones, por ejemplo: el caso de las aletas del motor: en motores enfriados por aire, las aletas servían solo para enfriar. En la evolución hacia un motor eléctrico, estas aletas se integran como nervaduras que también proporcionan rigidez mecánica. La nueva estructura integra dos funciones (enfriamiento y sostén) que antes estaban separadas, superando la simple componenda entre estructuras rivales, con lo que ahora un solo elemento cumple múltiples funciones de manera eficiente, superando soluciones primitivas que requerían componentes separados para cada tarea. Este tipo de enfoque es fundamental en la ingeniería para optimizar el uso de materiales, reducir el peso y mejorar la eficiencia general del producto. Así como en la biología la gradación de los caracteres, es acompañada un cambio de función, en el contexto tecnológico, esto se refleja en la evolución de plataformas en donde la mayoría de los productos no son diseños nuevos, sino que evolucionan gradualmente a partir de productos anteriores. El crecimiento económico moderno se caracteriza por ser continuo, acumulativo y sostenido, a diferencia de los avances aislados del pasado. Su motor central es el progreso tecnológico permanente, entendido como la aplicación sistemática del conocimiento científico a la mejora de las técnicas productivas, lo que eleva de forma constante los estándares de vida. Joel Mokyr explica que este proceso surge de la interacción virtuosa entre ciencia y tecnología: la ciencia genera nuevas explicaciones y la tecnología las traduce en soluciones productivas, mientras que los desafíos técnicos orientan nuevas investigaciones científicas. Al buscar incorporar nuevos desarrollos tecnológicos e innovar, es relevante priorizar analizar y, en su caso, replicar no solo las formas, sino también las estrategias sistémicas de la naturaleza; por ejemplo, cuando hablamos de eficiencia y optimización la naturaleza rara vez utiliza un material para una sola función; utiliza estructuras jerárquicas para lograr propiedades múltiples (ej. El hueso proporciona soporte y produce células sanguíneas; la piel de tiburón reduce el arrastre y evita la incrustación biológica) es decir que las funciones no están en conflicto sino fusionadas en una unidad estructural coherente. De la misma forma, en la industria los productos suelen evolucionar, no crearse de cero. Al integrar nuevas tecnologías, la industria busca elementos como eficiencia y optimización, así como la contribución de su incorporación en el incremento de ventajas competitivas para el mercado, lo cual demanda identificar qué «mutaciones» tecnológicas (nuevos conceptos) sobrevivirán en el entorno hostil del mercado y cuáles se extinguirán. Para que este círculo funcione, se requieren tres condiciones clave: una revolución científica que genere conocimiento riguroso, un amplio cuerpo de técnicos, ingenieros y empresarios capaces de aplicarlo, y un marco institucional abierto que permita la experimentación y la competencia. _____ Nota del editor: Juan Alberto González Piñón es Director Corporativo de Innovación y Transferencia de la Universidad Panamericana. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión ]]>
Biomímesis sistémica, la naturaleza como modelo para la optimización industrial
El biólogo George Jackson Mivart, en su obra “The Groundwork of Science”, estableció: ”Las grandes transiciones evolutivas no cambian un solo órgano, sino todo un conjunto de características físicas”. Evidentemente, este postulado de la biología está íntimamente relacionado con el de la gradación de los caracteres, que a menudo se acompaña y describe un cambio de función, el cual habrá que aclarar que no necesariamente implica el desarrollo de un órgano nuevo, sino que describe la transformación de una nueva estructura orgánica. Mivart se preguntaba: “¿de qué serviría a una criatura desarrollar extremidades para caminar sobre la tierra si no tuviera pulmones para respirar el aire?”. A lo que Darwin, en su obra “El origen de las especies”, respondió: “En el caso de la invasión de los hábitats terrestres por los descendientes de los peces no originó un nuevo órgano, sino que modificó la función de un órgano que ya existía; por lo tanto, el cambio no implica el desarrollo de un órgano nuevo, ya que la transformación se hace evidente a través de un cambio de función”. Las nuevas tecnologías rara vez aportan valor por sí solas; deben ser «infundidas» en un sistema anfitrión o en una plataforma existente. La introducción de una nueva tecnología provoca una cascada de cambios en el sistema complejo, lo cual demanda el rediseño de funciones y componentes, así como de interfaces físicas y de alteraciones, ya sean en los flujos de energía, masa e información de los sistemas industriales. La innovación no solo depende de qué tan avanzada es una tecnología, sino también de cuándo y cómo se introduce en el mercado y de su alineación con las capacidades del usuario, la infraestructura y las expectativas existentes. El caso del Buick Riviera de 1986 lo ilustra con claridad, el Riviera incorporó una tecnología radical (pantalla táctil y control digital) sin que el ecosistema —usuarios, ergonomía, costos cognitivos, confiabilidad— estuviera preparado para absorberla. El resultado fue una innovación técnicamente brillante pero mal sincronizada. Buick apostó por un salto disruptivo en lugar de una secuencia incremental de aprendizaje, rompiendo con la idea de introducir cambios en ritmos predecibles que permitan la adaptación organizacional y del mercado. La pantalla reemplazó más de 80 controles físicos sin ofrecer ventajas funcionales inmediatas: era más lenta, distraía y aumentaba la fricción de uso, lo que confirma que una innovación puede destruir valor a corto plazo aun cuando sea correcta a largo plazo. Las grandes transformaciones industriales impulsadas por la tecnología no suceden por el cambio aislado de un solo componente, sino todo un conjunto de características técnicas, desde la ingeniería de sistemas complejos, esto se realiza a través de invasividad y la propagación del cambio. La evolución tecnológica tiende a resolver dualidades al fusionar funciones, por ejemplo: el caso de las aletas del motor: en motores enfriados por aire, las aletas servían solo para enfriar. En la evolución hacia un motor eléctrico, estas aletas se integran como nervaduras que también proporcionan rigidez mecánica. La nueva estructura integra dos funciones (enfriamiento y sostén) que antes estaban separadas, superando la simple componenda entre estructuras rivales, con lo que ahora un solo elemento cumple múltiples funciones de manera eficiente, superando soluciones primitivas que requerían componentes separados para cada tarea. Este tipo de enfoque es fundamental en la ingeniería para optimizar el uso de materiales, reducir el peso y mejorar la eficiencia general del producto. Así como en la biología la gradación de los caracteres, es acompañada un cambio de función, en el contexto tecnológico, esto se refleja en la evolución de plataformas en donde la mayoría de los productos no son diseños nuevos, sino que evolucionan gradualmente a partir de productos anteriores. El crecimiento económico moderno se caracteriza por ser continuo, acumulativo y sostenido, a diferencia de los avances aislados del pasado. Su motor central es el progreso tecnológico permanente, entendido como la aplicación sistemática del conocimiento científico a la mejora de las técnicas productivas, lo que eleva de forma constante los estándares de vida. Joel Mokyr explica que este proceso surge de la interacción virtuosa entre ciencia y tecnología: la ciencia genera nuevas explicaciones y la tecnología las traduce en soluciones productivas, mientras que los desafíos técnicos orientan nuevas investigaciones científicas. Al buscar incorporar nuevos desarrollos tecnológicos e innovar, es relevante priorizar analizar y, en su caso, replicar no solo las formas, sino también las estrategias sistémicas de la naturaleza; por ejemplo, cuando hablamos de eficiencia y optimización la naturaleza rara vez utiliza un material para una sola función; utiliza estructuras jerárquicas para lograr propiedades múltiples (ej. El hueso proporciona soporte y produce células sanguíneas; la piel de tiburón reduce el arrastre y evita la incrustación biológica) es decir que las funciones no están en conflicto sino fusionadas en una unidad estructural coherente. De la misma forma, en la industria los productos suelen evolucionar, no crearse de cero. Al integrar nuevas tecnologías, la industria busca elementos como eficiencia y optimización, así como la contribución de su incorporación en el incremento de ventajas competitivas para el mercado, lo cual demanda identificar qué «mutaciones» tecnológicas (nuevos conceptos) sobrevivirán en el entorno hostil del mercado y cuáles se extinguirán. Para que este círculo funcione, se requieren tres condiciones clave: una revolución científica que genere conocimiento riguroso, un amplio cuerpo de técnicos, ingenieros y empresarios capaces de aplicarlo, y un marco institucional abierto que permita la experimentación y la competencia. _____ Nota del editor: Juan Alberto González Piñón es Director Corporativo de Innovación y Transferencia de la Universidad Panamericana. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión ]]>
El Super Bowl también se juega en México
Es febrero y el mundo mira hacia un mismo punto: el Super Bowl. Millones de personas discuten jugadas, analizan quarterbacks y esperan el medio tiempo. Es comprensible. Pero para quienes observamos la economía con la misma atención con la que otros esperan al campeón, el partido más interesante no está en el emparrillado, sino en un tablero mucho más amplio: el de las cadenas de valor, el consumo, la publicidad y la integración económica de Norteamérica. La pregunta que deberíamos hacernos no es quién levanta el trofeo Vince Lombardi, sino una más relevante para nuestro país: ¿cómo gana México con el Super Bowl? Para empezar, conviene decirlo sin rodeos: el Super Bowl no es solo deporte, es uno de los mayores fenómenos económicos del planeta. En 2025, el gasto total asociado al evento en Estados Unidos superó los 16,000 millones de dólares entre consumo en alimentos, bebidas, entretenimiento y apuestas. No es un partido: es una temporada de consumo concentrada en un solo día. Y ahí es donde México entra al juego, aunque muchas veces no lo reconozcamos. Creo que el primer canal de impacto es el comercio y la manufactura. Buena parte de lo que se consume ese domingo (pantallas, electrodomésticos, sistemas de audio, empaques, bebidas, insumos alimentarios) está vinculado a cadenas productivas que pasan por México. Somos un eslabón central en la manufactura integrada de Norteamérica. Cuando el Super Bowl dispara la demanda, nuestras fábricas, puertos y proveedores también sienten ese impulso. Pero hay un protagonista que merece mención especial: el aguacate mexicano. Se estima que cada Super Bowl detona el consumo de más de 150,000 toneladas de aguacate en Estados Unidos, gran parte de ellas provenientes de Michoacán. No es una cifra menor ni anecdótica. Estamos hablando de miles de productores, empacadoras, transportistas y exportadores que trabajan meses para abastecer ese pico de demanda. El guacamole del domingo no es solo botana; es ingreso, empleo y desarrollo regional. En otras palabras, mientras millones celebran con chips y guacamole, México está literalmente dentro del plato. Este dato revela algo más profundo, el Super Bowl expone la dependencia (y la complementariedad) entre ambas economías. No se trata de caridad ni de suerte; es integración productiva. México no es un espectador, es proveedor estratégico. El segundo ángulo es el publicitario y mediático. Los anuncios del Super Bowl son los más caros y sofisticados ¡del mundo! Muchas campañas globales se adaptan para el mercado mexicano, activando agencias creativas, productoras, medios y talento local. Esto no es glamour superficial: es una industria que genera empleo altamente calificado y que proyecta a México como un mercado relevante, exigente y atractivo para marcas globales. El tercer canal (y quizá el más interesante) es el turismo y la experiencia. Aunque el partido se juega en Estados Unidos, el Super Bowl detona viajes internos, eventos paralelos, activaciones de marca y experiencias premium en México. Hoteles, bares, restaurantes y centros de convenciones capitalizan el interés. Ciudades como Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México se convierten en sedes informales de celebraciones, con consumo elevado y derrama económica real. Además, creo que el Super Bowl refuerza la posición de México como mercado estratégico para la NFL. No es casualidad que la liga haya decidido regresar en 2026 con otro partido de temporada regular, ni que las marcas nos vean como un público con alto engagement y capacidad de gasto. Esa visibilidad tiene efectos indirectos sobre inversión, patrocinio e infraestructura deportiva y de entretenimiento. Desde mi óptica, el Super Bowl es también un recordatorio de algo que a veces olvidamos: México no está aislado, está profundamente integrado a la economía más grande del mundo. Cada pantalla vendida, cada aguacate servido y cada anuncio transmitido tiene trazas de valor agregado mexicano. Ahora bien, no basta con “beneficiarnos por inercia”. Para maximizar estas ganancias, México debe seguir apostando por logística eficiente, certeza regulatoria y talento capacitado. El Super Bowl no nos define ni nos salva, pero sí amplifica oportunidades que ya existen. Lo que me parece más relevante es esto: mientras muchos ven el Super Bowl como espectáculo, nosotros deberíamos verlo como termómetro de competitividad. Si nuestras exportaciones crecen, si nuestra agroindustria responde, si nuestra manufactura cumple y si nuestro consumo interno se activa, entonces estamos jugando bien nuestro propio partido. En última instancia, el Super Bowl no se gana solo en el campo. Para México, se gana en fábricas, puertos, aduanas, huertas de aguacate, estudios de grabación, agencias creativas, hoteles y restaurantes en todo el país. Y ese es un juego en el que, si hacemos bien las cosas, México puede seguir anotando, partido tras partido. _____ Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión ]]>
El Super Bowl también se juega en México
Es febrero y el mundo mira hacia un mismo punto: el Super Bowl. Millones de personas discuten jugadas, analizan quarterbacks y esperan el medio tiempo. Es comprensible. Pero para quienes observamos la economía con la misma atención con la que otros esperan al campeón, el partido más interesante no está en el emparrillado, sino en un tablero mucho más amplio: el de las cadenas de valor, el consumo, la publicidad y la integración económica de Norteamérica. La pregunta que deberíamos hacernos no es quién levanta el trofeo Vince Lombardi, sino una más relevante para nuestro país: ¿cómo gana México con el Super Bowl? Para empezar, conviene decirlo sin rodeos: el Super Bowl no es solo deporte, es uno de los mayores fenómenos económicos del planeta. En 2025, el gasto total asociado al evento en Estados Unidos superó los 16,000 millones de dólares entre consumo en alimentos, bebidas, entretenimiento y apuestas. No es un partido: es una temporada de consumo concentrada en un solo día. Y ahí es donde México entra al juego, aunque muchas veces no lo reconozcamos. Creo que el primer canal de impacto es el comercio y la manufactura. Buena parte de lo que se consume ese domingo (pantallas, electrodomésticos, sistemas de audio, empaques, bebidas, insumos alimentarios) está vinculado a cadenas productivas que pasan por México. Somos un eslabón central en la manufactura integrada de Norteamérica. Cuando el Super Bowl dispara la demanda, nuestras fábricas, puertos y proveedores también sienten ese impulso. Pero hay un protagonista que merece mención especial: el aguacate mexicano. Se estima que cada Super Bowl detona el consumo de más de 150,000 toneladas de aguacate en Estados Unidos, gran parte de ellas provenientes de Michoacán. No es una cifra menor ni anecdótica. Estamos hablando de miles de productores, empacadoras, transportistas y exportadores que trabajan meses para abastecer ese pico de demanda. El guacamole del domingo no es solo botana; es ingreso, empleo y desarrollo regional. En otras palabras, mientras millones celebran con chips y guacamole, México está literalmente dentro del plato. Este dato revela algo más profundo, el Super Bowl expone la dependencia (y la complementariedad) entre ambas economías. No se trata de caridad ni de suerte; es integración productiva. México no es un espectador, es proveedor estratégico. El segundo ángulo es el publicitario y mediático. Los anuncios del Super Bowl son los más caros y sofisticados ¡del mundo! Muchas campañas globales se adaptan para el mercado mexicano, activando agencias creativas, productoras, medios y talento local. Esto no es glamour superficial: es una industria que genera empleo altamente calificado y que proyecta a México como un mercado relevante, exigente y atractivo para marcas globales. El tercer canal (y quizá el más interesante) es el turismo y la experiencia. Aunque el partido se juega en Estados Unidos, el Super Bowl detona viajes internos, eventos paralelos, activaciones de marca y experiencias premium en México. Hoteles, bares, restaurantes y centros de convenciones capitalizan el interés. Ciudades como Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México se convierten en sedes informales de celebraciones, con consumo elevado y derrama económica real. Además, creo que el Super Bowl refuerza la posición de México como mercado estratégico para la NFL. No es casualidad que la liga haya decidido regresar en 2026 con otro partido de temporada regular, ni que las marcas nos vean como un público con alto engagement y capacidad de gasto. Esa visibilidad tiene efectos indirectos sobre inversión, patrocinio e infraestructura deportiva y de entretenimiento. Desde mi óptica, el Super Bowl es también un recordatorio de algo que a veces olvidamos: México no está aislado, está profundamente integrado a la economía más grande del mundo. Cada pantalla vendida, cada aguacate servido y cada anuncio transmitido tiene trazas de valor agregado mexicano. Ahora bien, no basta con “beneficiarnos por inercia”. Para maximizar estas ganancias, México debe seguir apostando por logística eficiente, certeza regulatoria y talento capacitado. El Super Bowl no nos define ni nos salva, pero sí amplifica oportunidades que ya existen. Lo que me parece más relevante es esto: mientras muchos ven el Super Bowl como espectáculo, nosotros deberíamos verlo como termómetro de competitividad. Si nuestras exportaciones crecen, si nuestra agroindustria responde, si nuestra manufactura cumple y si nuestro consumo interno se activa, entonces estamos jugando bien nuestro propio partido. En última instancia, el Super Bowl no se gana solo en el campo. Para México, se gana en fábricas, puertos, aduanas, huertas de aguacate, estudios de grabación, agencias creativas, hoteles y restaurantes en todo el país. Y ese es un juego en el que, si hacemos bien las cosas, México puede seguir anotando, partido tras partido. _____ Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión ]]>
En su reordenamiento comercial, la UE acelera la modernización del acuerdo con México
La Unión Europe a acelera la construcción de una red de alianzas comerciales en un momento de tensiones arancelarias de Estados Unidos y de reacomodo de los flujos de comercio . En ese escenario de ofensiva comercial, México aparece como una pieza relevante dentro de la estrategia europea para diversificar mercados, reducir riesgos y fortalecer socios confiables fuera de su entorno inmediato. El peso de la relación bilateral explica ese interés. Según datos de Banxico, entre enero y noviembre de 2025, el intercambio comercial entre México y la Unión Europea ascendió a 85,981 millones de dólares, cifra equivalente a 7% del comercio total mexicano. Se trata de una base sólida que ambas partes buscan ampliar mediante el nuevo acuerdo que es más ambicioso y actualizado. Las exportaciones mexicanas hacia la Unión Europea se concentran en sectores de alto contenido industrial. Entre los principales productos que el bloque importa desde México destacan maquinaria y electrodomésticos, productos minerales, químicos, equipos de transporte y metales básicos. Para la Unión Europea, México es ya su segundo socio comercial más importante en América Latina, solo por detrás de Brasil, una posición que refuerza su carácter estratégico en la región. Tras concluir en 2025 las negociaciones para modernizar el Acuerdo Global bilateral, conocido como TLCUEM, un proceso que comenzó en 2016, la Unión Europea se prepara para avanzar hacia la firma del pacto modernizado. Este paso se inscribe en una dinámica más amplia de cierres simultáneos de acuerdos comerciales considerados prioritarios por Bruselas. En las últimas semanas la Unión Europea se apresuró a cerrar acuerdos, por ejemplo, después de más de 25 años de negociaciones, el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur cerró sus textos finales en diciembre de 2024. A inicios de 2026, el Consejo de la Unión Europea autorizó formalmente su firma, con lo que inició la fase de ratificación en los distintos parlamentos. También avanzó en Asia. El 27 de enero de 2026, la Unión Europea y la India cerraron un acuerdo calificado como histórico tras 18 años de negociaciones. Días después, el bloque elevó su relación con Vietnam a una asociación estratégica integral, el nivel diplomático más alto entre socios externos, como señal de recalibración comercial frente a las presiones arancelarias de Estados Unidos. Ante este panorama, el embajador de México en Bélgica, Luxemburgo y la Unión Europea, Rogelio Granguillhome Morfín, sostuvo recientemente una reunión con el presidente de la Comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, Bernd Lange. En ese encuentro se abordó el alcance del acuerdo modernizado y su impacto en comercio, inversión, sostenibilidad y cooperación política. Granguillhome Morfín subrayó la necesidad de avanzar con rapidez hacia la firma y afirmó que el acuerdo será un pilar estratégico para construir una asociación Unión Europea–México más sólida en el cambiante panorama global. De acuerdo con lo planteado inicialmente por la Secretaría de Relaciones Exteriores, la firma se previó para este mes, aunque posteriormente el calendario se amplió al primer cuatrimestre del año. Lo cierto es que las condiciones actuales explican la urgencia de que entre en vigor el acuerdo modernizado. Un acuerdo más amplio Desde la perspectiva del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), la modernización del Acuerdo Global ofrece una plataforma para profundizar la relación económica bilateral, fortalecer la posición de ambos socios frente al nuevo entorno comercial global y construir cadenas de valor más resilientes, sostenibles y alineadas con principios de apertura y cooperación. El organismo destaca que desde la entrada en vigor del acuerdo original en 2000, el comercio bilateral se multiplicó por cinco. Alemania, España e Italia concentran más de 50% del intercambio, con una fuerte integración en sectores como el automotriz, farmacéutico, maquinaria industrial y servicios financieros. No obstante, el IMCO advierte que para aprovechar plenamente esta oportunidad, México requiere avanzar en una agenda de políticas públicas que mejore sus capacidades estructurales y facilite su integración a sectores clave de mayor valor agregado. La dimensión política del acuerdo también resulta central. Guadalupe González Chávez, integrante del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi), subrayó que la modernización no debe leerse como un pacto comercial transatlántico tradicional, sino como una relación global que integra vínculos económicos, políticos, sociales y culturales construidos durante más de dos décadas. En un contexto de alta tensión geopolítica, este acuerdo permite a México consolidar a Europa como socio estratégico. En términos de balanza comercial, el principal beneficiario hasta ahora es la Unión Europea, que mantiene un superávit superior a 36,000 millones de dólares en su intercambio con México. Esta realidad es reconocida por la propia Comisión Europea, que señala que el acuerdo de 2000 benefició de forma significativa a las empresas europeas, aunque dejó sin atender nuevos desafíos en comercio e inversión relevantes en la actualidad. El acuerdo modernizado crea una plataforma comercial más profunda. Cerca de 99% de los productos intercambiados quedarán libres de aranceles, lo que permitirá abrir de manera más profunda el mercado mexicano a las empresas europeas. La eliminación de barreras resulta especialmente relevante para las exportaciones agroalimentarias de la Unión Europea, como quesos, vinos y otros productos de alto valor agregado, en un mercado de más de 120 millones de consumidores. Actualmente, algunos productos enfrentan aranceles elevados, como el pollo con tasas de hasta 100%, el cerdo con 45% y la carne de res con 20%. Más allá de los aranceles, el nuevo acuerdo amplía el acceso al mercado mexicano en sectores considerados estratégicos para la Unión Europea, como servicios, contratación pública y derechos de inversión. Las empresas europeas podrán participar en licitaciones estatales, ofrecer una gama más amplia de servicios financieros, de telecomunicaciones y transporte, e invertir con mayores garantías gracias a un sistema moderno de protección de inversiones. Este pacto reduce trabas administrativas y establece reglas más claras, con beneficios tanto para grandes corporaciones como para pequeñas y medianas empresas. El acuerdo también refuerza compromisos en ámbitos prioritarios para la Unión Europea, como la protección de los derechos laborales, el medio ambiente y el aseguramiento de cadenas de suministro de materias primas críticas para
En su reordenamiento comercial, la UE acelera la modernización del acuerdo con México
La Unión Europe a acelera la construcción de una red de alianzas comerciales en un momento de tensiones arancelarias de Estados Unidos y de reacomodo de los flujos de comercio . En ese escenario de ofensiva comercial, México aparece como una pieza relevante dentro de la estrategia europea para diversificar mercados, reducir riesgos y fortalecer socios confiables fuera de su entorno inmediato. El peso de la relación bilateral explica ese interés. Según datos de Banxico, entre enero y noviembre de 2025, el intercambio comercial entre México y la Unión Europea ascendió a 85,981 millones de dólares, cifra equivalente a 7% del comercio total mexicano. Se trata de una base sólida que ambas partes buscan ampliar mediante el nuevo acuerdo que es más ambicioso y actualizado. Las exportaciones mexicanas hacia la Unión Europea se concentran en sectores de alto contenido industrial. Entre los principales productos que el bloque importa desde México destacan maquinaria y electrodomésticos, productos minerales, químicos, equipos de transporte y metales básicos. Para la Unión Europea, México es ya su segundo socio comercial más importante en América Latina, solo por detrás de Brasil, una posición que refuerza su carácter estratégico en la región. Tras concluir en 2025 las negociaciones para modernizar el Acuerdo Global bilateral, conocido como TLCUEM, un proceso que comenzó en 2016, la Unión Europea se prepara para avanzar hacia la firma del pacto modernizado. Este paso se inscribe en una dinámica más amplia de cierres simultáneos de acuerdos comerciales considerados prioritarios por Bruselas. En las últimas semanas la Unión Europea se apresuró a cerrar acuerdos, por ejemplo, después de más de 25 años de negociaciones, el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur cerró sus textos finales en diciembre de 2024. A inicios de 2026, el Consejo de la Unión Europea autorizó formalmente su firma, con lo que inició la fase de ratificación en los distintos parlamentos. También avanzó en Asia. El 27 de enero de 2026, la Unión Europea y la India cerraron un acuerdo calificado como histórico tras 18 años de negociaciones. Días después, el bloque elevó su relación con Vietnam a una asociación estratégica integral, el nivel diplomático más alto entre socios externos, como señal de recalibración comercial frente a las presiones arancelarias de Estados Unidos. Ante este panorama, el embajador de México en Bélgica, Luxemburgo y la Unión Europea, Rogelio Granguillhome Morfín, sostuvo recientemente una reunión con el presidente de la Comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo, Bernd Lange. En ese encuentro se abordó el alcance del acuerdo modernizado y su impacto en comercio, inversión, sostenibilidad y cooperación política. Granguillhome Morfín subrayó la necesidad de avanzar con rapidez hacia la firma y afirmó que el acuerdo será un pilar estratégico para construir una asociación Unión Europea–México más sólida en el cambiante panorama global. De acuerdo con lo planteado inicialmente por la Secretaría de Relaciones Exteriores, la firma se previó para este mes, aunque posteriormente el calendario se amplió al primer cuatrimestre del año. Lo cierto es que las condiciones actuales explican la urgencia de que entre en vigor el acuerdo modernizado. Un acuerdo más amplio Desde la perspectiva del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), la modernización del Acuerdo Global ofrece una plataforma para profundizar la relación económica bilateral, fortalecer la posición de ambos socios frente al nuevo entorno comercial global y construir cadenas de valor más resilientes, sostenibles y alineadas con principios de apertura y cooperación. El organismo destaca que desde la entrada en vigor del acuerdo original en 2000, el comercio bilateral se multiplicó por cinco. Alemania, España e Italia concentran más de 50% del intercambio, con una fuerte integración en sectores como el automotriz, farmacéutico, maquinaria industrial y servicios financieros. No obstante, el IMCO advierte que para aprovechar plenamente esta oportunidad, México requiere avanzar en una agenda de políticas públicas que mejore sus capacidades estructurales y facilite su integración a sectores clave de mayor valor agregado. La dimensión política del acuerdo también resulta central. Guadalupe González Chávez, integrante del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi), subrayó que la modernización no debe leerse como un pacto comercial transatlántico tradicional, sino como una relación global que integra vínculos económicos, políticos, sociales y culturales construidos durante más de dos décadas. En un contexto de alta tensión geopolítica, este acuerdo permite a México consolidar a Europa como socio estratégico. En términos de balanza comercial, el principal beneficiario hasta ahora es la Unión Europea, que mantiene un superávit superior a 36,000 millones de dólares en su intercambio con México. Esta realidad es reconocida por la propia Comisión Europea, que señala que el acuerdo de 2000 benefició de forma significativa a las empresas europeas, aunque dejó sin atender nuevos desafíos en comercio e inversión relevantes en la actualidad. El acuerdo modernizado crea una plataforma comercial más profunda. Cerca de 99% de los productos intercambiados quedarán libres de aranceles, lo que permitirá abrir de manera más profunda el mercado mexicano a las empresas europeas. La eliminación de barreras resulta especialmente relevante para las exportaciones agroalimentarias de la Unión Europea, como quesos, vinos y otros productos de alto valor agregado, en un mercado de más de 120 millones de consumidores. Actualmente, algunos productos enfrentan aranceles elevados, como el pollo con tasas de hasta 100%, el cerdo con 45% y la carne de res con 20%. Más allá de los aranceles, el nuevo acuerdo amplía el acceso al mercado mexicano en sectores considerados estratégicos para la Unión Europea, como servicios, contratación pública y derechos de inversión. Las empresas europeas podrán participar en licitaciones estatales, ofrecer una gama más amplia de servicios financieros, de telecomunicaciones y transporte, e invertir con mayores garantías gracias a un sistema moderno de protección de inversiones. Este pacto reduce trabas administrativas y establece reglas más claras, con beneficios tanto para grandes corporaciones como para pequeñas y medianas empresas. El acuerdo también refuerza compromisos en ámbitos prioritarios para la Unión Europea, como la protección de los derechos laborales, el medio ambiente y el aseguramiento de cadenas de suministro de materias primas críticas para
Puerto Rico y EU: la relación desigual que Bad Bunny expone en su nuevo álbum
Bad Bunny, el cantante que hará historia con el primer show de medio tiempo del Super Bowl en español, es un orgulloso puertorriqueño. Su último disco «DeBÍ TiRAR MáS FOToS”, es una carta de amor a esta isla en el Caribe. Pero además del ritmo pegajoso, el álbum lleva un potente mensaje. Su presencia en el mayor evento deportivo de Estados Unidos y uno de los más sintonizados en el planeta tiene “un componente profundamente político”, explicó Josrell Meléndez-Badillo, historiador de la Universidad de Wisconsin-Madison a la AFP. El historiador colaboró con el Conejo Malo en los visuales del último álbum. En los visuales del álbum no aparecen las letras de las canciones, como hacen la mayoría de los músicos, sino fragmentos de la historia puertorriqueña, que está atada a la de Estados Unidos desde hace más de un siglo. La “isla del encanto” vive bajo control de Estados Unidos desde 1898, por lo que sus ciudadanos son estadounidenses, aunque con menos derechos políticos de los que cuentan los habitantes del territorio continental o de Hawái. Bad Bunny explora la perspectiva del colonialismo en «DeBÍ TiRAR MáS FOToS», que mezcla ritmos tradicionales como salsa, bomba y plena con el más contemporáneo reguetón, sostiene el académico. Independencia de España, pero con control estadounidense La isla estuvo entre las últimas dependencias que mantuvo el Imperio Español hasta finales del siglo XIX, cuando estalló la guerra hispano-estadounidense, lo que no solo dejó a España sin sus territorios de ultramar —Cuba, Puerto Rico y Filipinas—, sino que consolidó la influencia de Estados Unidos en el Caribe. Las tropas estadounidenses invadieron Puerto Rico durante el conflicto, en julio de 1898. A pesar de algunos enfrentamientos, la resistencia española y puertorriqueña no fue suficiente para detener el avance estadounidense. “Los pueblos se lanzaron a vitorear en gran medida al ejército invasor. España significaba para muchos el retraso, mientras que Estados Unidos significaba prosperidad, significa innovación, modernidad y democracia”, dijo Silvia Álvarez Curbelo, profesora de la Universidad de Puerto Rico en entrevista con la BBC. La invasión culminó con la rendición española y la firma del Tratado de París, en diciembre de ese año, por el cual España reconocía la independencia de Cuba y cedía Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos. Solo el último territorio lograría su independencia plena. Puerto Rico era clave para los intereses geopolíticos de Estados Unidos, pues le permitía un acceso fácil al Caribe y principalmente a Panamá, donde ya se construía el Canal que une al Pacífico con el Atlántico. Ciudadanos con menos derechos La isla tuvo por varios años gobiernos militares nombrados directamente desde Washington, hasta la entrada en vigor de la Ley Foraker, en 1900, que ordenaba la instauración de un gobierno civil para Puerto Rico. Otra legislación, la Ley Jones-Shaforth, promulgada en 1917, amplió el gobierno civil de Puerto Rico y concedió la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños. Esta medida se ejecutó durante la Primera Guerra Mundial con el fin de integrar a los puertorriqueños en el ejército estadounidense mediante la Ley de Servicio Selectivo de 1917. artículo En 1952, Puerto Rico se convirtió en un estado libre asociado de Estados Unidos, con un mayor grado de autonomía que el que tenía anteriormente. La Constitución otorga a Puerto Rico una importante autonomía interna, pero es crucial recordar que la isla continúa siendo un territorio no incorporado de los Estados Unidos, lo que implica que está sujeta a la soberanía del Congreso de los Estados Unidos. La constitución reconoce la ciudadanía estadounidense de los puertorriqueños, sin embargo, los ciudadanos de Puerto Rico no cuentan con los mismos derechos y obligaciones constitucionales de quienes viven en alguno de los 50 estados de la Unión. Por ejemplo, no tienen representación en el Congreso, excepto por un delegado sin voto en la Cámara de Representantes. El Congreso estadounidense conserva la capacidad de revocar cualquier norma aprobada por la Legislatura de Puerto Rico y puede intervenir en los asuntos internos de la isla. “En el pasado, por ejemplo, el Congreso excluyó o limitó a los puertorriqueños del acceso a programas financiados con fondos federales como Medicare, la Seguridad de Ingreso Suplementario y el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria”, escribió Jorge Duany, profesor de Antropología y director del Cuban Research Institute de la Universidad Internacional de Florida, en un Los problemas del estatus En los últimos años, el estatus político de la isla le ha traído pocas soluciones a sus problemas económicos, agravados por los desastres naturales. En junio de 2015, el entonces gobernador Alejandro García Padilla declaró que la deuda pública de Puerto Rico de más de 72 mil millones de dólares no era pagadera. Pero debido a que Puerto Rico no es un estado, no califica para la quiebra federal. Para reestructurar la deuda, el Congreso aprobó la Ley de Supervisión, Gestión y Estabilidad Económica de Puerto Rico en junio de 2016, que colocó los asuntos fiscales de la isla bajo control federal directo. En agosto de 2016, el entonces presidente Barack Obama nombró a una junta de supervisión de siete miembros de una lista de candidatos nominados por el Congreso, incluidos cuatro puertorriqueños. Pero quizás el punto más bajo de la relación entre Estados Unidos y Puerto Rico ocurrió después del paso de los huracanes Irma y María, que destrozó a la isla en septiembre de 2017. Sobre todo el último dejó a gran parte de los habitantes sin electricidad ni agua potable por meses. La administración de republicano Donald Trump fue muy criticada en los últimos meses desde algunos sectores por la respuesta que se dio desde el gobierno estadounidense al desastre. Las imágenes del presidente lanzando rollos de papel de baño se volvieron virales. El estatus de Puerto Rico, en pausa Trump calificó la respuesta como “fantástica”, pero las autoridades de la isla no estuvieron de acuerdo con esta afirmación. «Es imposible que haya habido una respuesta «fantástica», en tanto somos tratados como ciudadanos de segunda clase”, dijo Ricardo Roselló, el entonces gobernador de Puerto Rico, en
Puerto Rico y EU: la relación desigual que Bad Bunny expone en su nuevo álbum
Bad Bunny, el cantante que hará historia con el primer show de medio tiempo del Super Bowl en español, es un orgulloso puertorriqueño. Su último disco «DeBÍ TiRAR MáS FOToS”, es una carta de amor a esta isla en el Caribe. Pero además del ritmo pegajoso, el álbum lleva un potente mensaje. Su presencia en el mayor evento deportivo de Estados Unidos y uno de los más sintonizados en el planeta tiene “un componente profundamente político”, explicó Josrell Meléndez-Badillo, historiador de la Universidad de Wisconsin-Madison a la AFP. El historiador colaboró con el Conejo Malo en los visuales del último álbum. En los visuales del álbum no aparecen las letras de las canciones, como hacen la mayoría de los músicos, sino fragmentos de la historia puertorriqueña, que está atada a la de Estados Unidos desde hace más de un siglo. La “isla del encanto” vive bajo control de Estados Unidos desde 1898, por lo que sus ciudadanos son estadounidenses, aunque con menos derechos políticos de los que cuentan los habitantes del territorio continental o de Hawái. Bad Bunny explora la perspectiva del colonialismo en «DeBÍ TiRAR MáS FOToS», que mezcla ritmos tradicionales como salsa, bomba y plena con el más contemporáneo reguetón, sostiene el académico. Independencia de España, pero con control estadounidense La isla estuvo entre las últimas dependencias que mantuvo el Imperio Español hasta finales del siglo XIX, cuando estalló la guerra hispano-estadounidense, lo que no solo dejó a España sin sus territorios de ultramar —Cuba, Puerto Rico y Filipinas—, sino que consolidó la influencia de Estados Unidos en el Caribe. Las tropas estadounidenses invadieron Puerto Rico durante el conflicto, en julio de 1898. A pesar de algunos enfrentamientos, la resistencia española y puertorriqueña no fue suficiente para detener el avance estadounidense. “Los pueblos se lanzaron a vitorear en gran medida al ejército invasor. España significaba para muchos el retraso, mientras que Estados Unidos significaba prosperidad, significa innovación, modernidad y democracia”, dijo Silvia Álvarez Curbelo, profesora de la Universidad de Puerto Rico en entrevista con la BBC. La invasión culminó con la rendición española y la firma del Tratado de París, en diciembre de ese año, por el cual España reconocía la independencia de Cuba y cedía Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos. Solo el último territorio lograría su independencia plena. Puerto Rico era clave para los intereses geopolíticos de Estados Unidos, pues le permitía un acceso fácil al Caribe y principalmente a Panamá, donde ya se construía el Canal que une al Pacífico con el Atlántico. Ciudadanos con menos derechos La isla tuvo por varios años gobiernos militares nombrados directamente desde Washington, hasta la entrada en vigor de la Ley Foraker, en 1900, que ordenaba la instauración de un gobierno civil para Puerto Rico. Otra legislación, la Ley Jones-Shaforth, promulgada en 1917, amplió el gobierno civil de Puerto Rico y concedió la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños. Esta medida se ejecutó durante la Primera Guerra Mundial con el fin de integrar a los puertorriqueños en el ejército estadounidense mediante la Ley de Servicio Selectivo de 1917. artículo En 1952, Puerto Rico se convirtió en un estado libre asociado de Estados Unidos, con un mayor grado de autonomía que el que tenía anteriormente. La Constitución otorga a Puerto Rico una importante autonomía interna, pero es crucial recordar que la isla continúa siendo un territorio no incorporado de los Estados Unidos, lo que implica que está sujeta a la soberanía del Congreso de los Estados Unidos. La constitución reconoce la ciudadanía estadounidense de los puertorriqueños, sin embargo, los ciudadanos de Puerto Rico no cuentan con los mismos derechos y obligaciones constitucionales de quienes viven en alguno de los 50 estados de la Unión. Por ejemplo, no tienen representación en el Congreso, excepto por un delegado sin voto en la Cámara de Representantes. El Congreso estadounidense conserva la capacidad de revocar cualquier norma aprobada por la Legislatura de Puerto Rico y puede intervenir en los asuntos internos de la isla. “En el pasado, por ejemplo, el Congreso excluyó o limitó a los puertorriqueños del acceso a programas financiados con fondos federales como Medicare, la Seguridad de Ingreso Suplementario y el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria”, escribió Jorge Duany, profesor de Antropología y director del Cuban Research Institute de la Universidad Internacional de Florida, en un Los problemas del estatus En los últimos años, el estatus político de la isla le ha traído pocas soluciones a sus problemas económicos, agravados por los desastres naturales. En junio de 2015, el entonces gobernador Alejandro García Padilla declaró que la deuda pública de Puerto Rico de más de 72 mil millones de dólares no era pagadera. Pero debido a que Puerto Rico no es un estado, no califica para la quiebra federal. Para reestructurar la deuda, el Congreso aprobó la Ley de Supervisión, Gestión y Estabilidad Económica de Puerto Rico en junio de 2016, que colocó los asuntos fiscales de la isla bajo control federal directo. En agosto de 2016, el entonces presidente Barack Obama nombró a una junta de supervisión de siete miembros de una lista de candidatos nominados por el Congreso, incluidos cuatro puertorriqueños. Pero quizás el punto más bajo de la relación entre Estados Unidos y Puerto Rico ocurrió después del paso de los huracanes Irma y María, que destrozó a la isla en septiembre de 2017. Sobre todo el último dejó a gran parte de los habitantes sin electricidad ni agua potable por meses. La administración de republicano Donald Trump fue muy criticada en los últimos meses desde algunos sectores por la respuesta que se dio desde el gobierno estadounidense al desastre. Las imágenes del presidente lanzando rollos de papel de baño se volvieron virales. El estatus de Puerto Rico, en pausa Trump calificó la respuesta como “fantástica”, pero las autoridades de la isla no estuvieron de acuerdo con esta afirmación. «Es imposible que haya habido una respuesta «fantástica», en tanto somos tratados como ciudadanos de segunda clase”, dijo Ricardo Roselló, el entonces gobernador de Puerto Rico, en
Para acceder al IMSS, repartidoras deben trabajar jornadas de hasta 14 horas
Las reglas que prometen abrir la puerta del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) a quienes trabajan en plataformas digitales levantan una valla más alta para las mujeres. De acuerdo con un estudio presentado por la red UNIDAS, ellas necesitan generar hasta 147% más ingreso respecto al que tenían previo a la implementación de la reforma laboral a trabajadores de aplicaciones de movilidad y reparto, para alcanzar el umbral que permite la afiliación plena a la seguridad social. De acuerdo con Verónica Álvarez, conductora e integrante de Lady Drivers, un colectivo de conductoras de aplicaciones basado en Guadalajara, esta exigencia se traduce en jornadas que se extienden de 12 a 14 horas diarias, en lugar de las ocho que generalmente trabajaba. Pero el esfuerzo no garantiza el resultado, Álvarez solo ha logrado una vez alcanzar el umbral necesario para acceder al programa de seguridad social, esto sucedió en diciembre del año pasado, cuando las tarifas suelen ser más altas y hay más afluencia de pasajeros, según relató. Esto sucede porque las aplicaciones deben actualizar mes con mes la base de datos de los trabajadores que cumplieron con el mínimo para acceder al IMSS. “Este mes (enero) en mi agrupación (integrada por 20 mujeres aproximadamente) solo una persona logró llegar al umbral requerido”, agregó Álvarez. En Hermandad Delivery, una agrupación de repartidoras que trabajan en el Estado de México, la distancia con el umbral resulta aún mayor. Frida Villegas, repartidora y representante de la colectiva, afirmó que en su grupo nadie logró alcanzarlo. El informe UNIDAS describe un sector altamente masculinizado en el que solo 10% de las personas que laboran en plataformas de transporte y reparto son mujeres, de las cuales menos de la mitad accede a la seguridad social. Del total, muchas son madres, jefas de hogar o estudiantes que buscan ingresos con cierta flexibilidad horaria. Sin embargo, de acuerdo con UNIDAS, esa flexibilidad convive con reglas de acceso a derechos que no consideran la desigual distribución de los cuidados. Para obtener la seguridad social completa, las trabajadoras de plataformas no solo deben generar un ingreso mensual más elevado, sino producir más de lo que el sistema reconoce. Eso se debe al llamado “factor de exclusión” que deja fuera hasta 60% del ingreso bruto al momento de calcular el umbral de acceso al IMSS. Maternidad y el riesgo de quedar fuera En la práctica, esto genera que una repartidora en moto que gana alrededor de 16,950 pesos brutos cotice con solo 8,475 pesos ante el IMSS, debido a que en el caso de personas que laboran en vehículos motorizados de dos ruedas, el factor de exclusión es de 50% en los primeros tres meses. Álvarez también advirtió que la variación en tarifas complica todavía más la meta. “Hay meses que las tarifas para una como conductora son más bajas. A ustedes como pasajeros les siguen cobrando lo mismo, pero a nosotros el criterio para pagarnos varía dependiendo de las dinámicas sin que tengamos claro cuáles son”, explicó. Esta situación dialoga con otra barrera estructural: la sobrecarga de cuidados. Las mujeres disponen de menos horas continuas para conectarse a la aplicación, pero el sistema de cálculo de ingresos no reconoce esa realidad. De acuerdo con el informe, la llamada “flexibilidad” se convierte así en una trampa que obliga a jornadas fragmentadas y más largas para reunir el mismo dinero. Marianela Fernández, coordinadora de la estrategia de justicia laboral de Oxfam México, expuso que uno de los “nudos críticos” se encuentra en la maternidad y los cuidados. Las aplicaciones trabajan con una regla de bajada automática luego de inactividad por 30 días, lo que coloca a las trabajadoras en riesgo durante el embarazo avanzado y el puerperio. Fernández advirtió que, en la práctica, esos procesos “biológicos, sociales, inevitables” son una causa de exclusión. “Esto genera una discriminación indirecta muy clara”, dijo, porque la trabajadora puede perder atención médica, antigüedad y prestaciones en el momento de mayor vulnerabilidad. Por ello, el informe recomienda “incorporar explícitamente el espíritu de protección a la maternidad”, evitar bajas automáticas durante el embarazo, parto o puerperio y emitir reglas que obliguen a mantener las aportaciones durante la licencia. También plantea un esquema de corresponsabilidad que involucre a las empresas para garantizar la protección efectiva. La violencia de género se enfrenta a los algoritmos El estudio de UNIDAS revela que siete de cada 10 trabajadoras han sufrido acoso o violencia por parte de los usuarios, pero la atención a estos conflictos se enfrenta a la gestión algorítmica. Álvarez y Villegas comentaron que denunciar las agresiones puede implicar castigos automáticos, como reducción de viajes o penalizaciones por rechazar trayectos inseguros. Además, los procesos se llevan a cabo con bots que eliminan el factor de “empatía humana” cuando más se requiere. Hoy, “el principal supervisor laboral no es una persona, sino un algoritmo”, comentó Fernández, quien subrayó la necesidad de “humanizar los mecanismos de atención y denuncia”, sustituir respuestas automatizadas por protocolos con personas reales y establecer plazos claros. Las colectivas de trabajadoras ya desarrollaron redes de alerta, grupos de apoyo y círculos de protección entre mujeres para cubrir vacíos de seguridad. Las organizaciones impulsoras sostienen que estas prácticas deben reconocerse e institucionalizarse. Para UNIDAS y Oxfam México, la tecnología no actúa de forma neutral y requiere reglas claras de rendición de cuentas. La etapa de implementación de la prueba piloto, señalaron, abre una oportunidad para ajustar umbrales, reglas de maternidad y mecanismos frente a la violencia antes de que la exclusión se consolide. Mientras tanto, en la calle, el acceso a la seguridad social sigue a varias horas extra de distancia. ]]>